Mi Roosevelt Viejo

 
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Mi Roosevelt Viejo
 
 
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Mi mundo de infancia era muy pequeño. Constaba solamente de tres o cuatro calles, un colegio, una iglesia, un parque. A pesar de que salíamos a menudo a conocer lugares de la isla, aquellas pocas calles eran únicas porque eran mías y juntas formaban mi pequeño pueblo.

Allí vivían las personas de siempre. Lolita, quien siempre me llamaba cuando hacía bizcocho o mantecaditos. Vivía con su hermana Ana Luisa, ambas solteras. Los gritos de Lola rompieron la noche el día que Ana murió. Gritos de desesperación. Más tarde gritaba, pero de soledad...

De vecinos inmediatos teníamos a Don Chago y doña Panchita. Ella, seria; el bonachón. El se mantuvo siempre igual. A ella, la última vez que la vi, no podía reconocerla. Se fue menguando poco a poco, como una planta que se seca al sol. Al otro lado vivía doña Nicolasa. Era la abuela de mi amiga Ligia y era tan estricta que hasta le temíamos un poco. Un día se fue de viaje – no llegó a partir pero no regresó. Sufrió una caída en el aeropuerto de la que no despertó. No sospechábamos que Kiki, su nieto, nuestro amiguito menor, la seguiría, víctima de una pelea fatal, en plena juventud.

Frente a nuestra casa vivía Doña Concha, una señora negra y menuda, que a pesar de sus muchos años conservaba su agilidad. Tenía una nieta, Elisa, mayor que nosotras, pero compañera de juegos. Tal vez éramos nosotras sus muñecas. Un día dejó los juegos por la vida y se hizo mujer.

Había una Virgen en una cajita que visitaba cada casa una noche por mes. A nosotros nos tocaba llevársela a una señora delgada, bastante mayor, de grandes ojos claros posados en una cara cadavérica. Aquellos ojos hundidos miraban a uno fijamente y parecía que le robaban días a la muerte. Doña Mercedes no le abría la puerta a nadie después de las seis de la tarde por lo que teníamos que apresurarnos para que la recibiera. Mami siempre la entregaba porque yo apenas me atrevía a mirarla.

A su lado, vivía un matrimonio: doña Nieves y Don Emiliano. Una pareja simpática a la que recuerdo con mucho cariño por lo que significaron en mi adolescencia cuando se empieza a conocer el amor. Ellos eran los abuelos de esa primera ilusión, que es eterna, aunque termine. El no pudo vivir sin ella y tras ella se fue a la eternidad.

Había muchas otras personas, Monsín, con sus ataques de histeria y doña Angelita, con su moño y su sonrisa. Un día la vi al pasar y pensé: “La saludo mañana”. No hubo mañana. Irma, con su salón de belleza y su Ramírez, deseando que su niñita, hoy abogada, tuviera mi edad para peinarla. (Entonces, me sentía yo grande) Adelita, que me llamaba para practicar en mi pelo largo los peinados que aprendía en la academia. La Sra. y el Sr. Venegas, con su carro azul deportivo, envidia de los jóvenes y su perro Bob que salía a ladrarnos cuando pasábamos a Misa. Mary Piñol, una de esas señoras que tenían tiempo para hablar con uno. Vivía con su hermana Paquita. Iba a ponerle todos los días las inyecciones de insulina a mi abuelo y nos contaba relatos y anécdotas. Aunque para hacer cuentos no había quien se ganara a mi abuelo Juan, quien había pasado por todas las aventuras y conocía las brujas. (Jamás me hubiera imaginado yo que aquellas marcas en los brazos eran de vacunas y no de los dedos de las brujas al sujetarlo en una lucha violenta.) Toñita vivía al frente. Para mí ella era un acento extraño, un marcapasos, (ni idea de que era eso...) y una media tejida llena de dulces el Día de Reyes.

Y entre todas esas personas estaba yo , en mi palacio, protegida por mi tía y mi madre, compartiendo con mi hermana, mimada por mi abuela. Mi abuelita Esperanza... Para mí fue siempre la más buena, la más linda, la mejor cocinera, la que más refranes y adivinanzas sabía y la mejor que hacía los papelillos. Era la típica abuelita: gordita, con su pelo largo blanco en moño, tejiendo en su sillón o haciendo crucigramas, con sus espejuelos que hacían sus ojos aún más grandes y claros y con miles de poemas y recuerdos en su memoria. Pero también se fue, como se fue Mami años después, como se han ido casi todos a formar esta comunidad en el cielo.

Hoy mi pequeño pueblo se va convirtiendo en un pueblo fantasma. Quedan las casas pero sus habitantes han cambiado. Algunas han sido convertidas en negocios, otras han sido vendidas y hoy permanecen cerradas. La casa de Doña Adela se convirtió en una tienda, la de la otra Doña Mercedes en una enfermería, la de Tuti en una oficina escolar y hasta el pequeño convento se convirtió en una estación de radio. Aquella capillita con su Niñito de Praga al que cambiaban de ropa, perdió su encanto y su misticismo y hoy es una rústica oficina.

Todos han cambiado en mi Roosevelt. Los jóvenes se fueron, como se fue Sandra, como me fui yo. Y nos nos vemos, ni sabemos unos de los otros. Yo no sé de Eileen, ni de Doris, ni de Ligia Catalina, ni Lydia Jean, ni de Lucila, Celina o Gauvain. Tampoco sé de Lupe, Julio, Toñito, Angelo, Simón, Myrna, Robert, Luis, Nechi, Rita, Manolo. Pero sé , tiene que ser así, que esta pequeña comunidad caló hondo en nosotros. Cuando nos reuníamos en alguna casa, en la biblioteca, en el cine (¡curiosa forma de hangar!), en el parque, en las Niñas Escuchas, en las Hijas de María, en la JAC, no hacía falta nada más. Esas pocas calles eran para nosotros un pueblo. Aquella Iglesia de La Merced, era su centro; sus fiestas parroquiales eran nuestras fiestas patronales. Estudiamos juntos todos los grados, compartimos todas las etapas, reímos y lloramos juntos, conocimos el amor y la muerte. Nos hicimos adultos sin darnos cuenta.

Nuestro "pueblo" se fue con nuestra infancia. Pero permanecerá por siempre en el recuerdo. Y seguiré yendo allí. Porque allí está aquella casa grande, rodeada de árboles, con su verja de granadas y su semáforo de ferrocarril. Porque encuentro allí el espíritu maternal que hoy extraño tanto, porque aún veo allí a mi madre recibiéndome en el portal; aún están allí sus cosas, sus plantas, su recuerdo, su presencia, su sonrisa, su alegría, su entusiasmo, su paz, su fe. Porque allí permanecerá siempre la ilusión, la fantasía, la inocencia de una infancia que ella me hizo francamente feliz.
A Sandra, mi hermana, a quien siempre traté de imitar,
a Ligia, mi amiga, con quien jugué, peleé, reí y lloré,
a Titi, que es hoy el tronco de aquel hogar.
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